La reunión que pudo ser un email (y el email que no hacía falta)

Hay semanas que no son semanas.
Son agendas.
Bloques de 30 minutos encajados unos detrás de otros hasta que, cuando por fin puedes trabajar, ya son las 19:00.

Y eso no es casualidad.
Es cultura.
Es sistema.
Es lo que pasa cuando confundimos estar reunidos con estar alineados.
Y hablar de todo con avanzar en algo.

La reunión como placebo corporativo

Durante años nos enseñaron que reunirse era colaborar.
Que compartir pantalla era sinónimo de decisión.
Que estar presente, aunque no digas nada, era parte del compromiso.

Así convertimos una herramienta útil en un ritual obligatorio.
Un espacio que ya no resuelve, solo perpetúa.
Una forma de demostrar que estamos “en marcha”… aunque nadie sepa hacia dónde.

Según Harvard Business Review, el 71 % de los líderes sienten que las reuniones son improductivas, pero aún así las siguen convocando.
¿Por qué?
Porque nadie quiere ser el primero en cancelar.
Porque el miedo a “perder visibilidad” pesa más que el deseo de tener foco (HBR, 2022).

Nadie lidera. Pero todos asisten.

Reuniones para alinear.
Reuniones para recapitular.
Reuniones para repetir lo que ya dijimos ayer.

En los equipos de marketing, esto se vuelve especialmente perverso:

  • Ideas que se diluyen porque todo se discute.
  • Creatividad ahogada entre validaciones.
  • Calendarios colapsados con “seguimientos” que no siguen nada.

Y en medio de eso, una tensión muda:
todos saben que sobra una reunión, pero nadie quiere ser quien diga que sobra.

El coste invisible del “nos reunimos rápido”

Cada vez que bloqueas una reunión “de 15 minutos”, lo que estás diciendo es:
No confío en que esto se resuelva sin que estemos todos mirando lo mismo al mismo tiempo.

Y eso, repetido en bucle, no es colaboración.
Es supervisión emocional.
Es control encubierto bajo la excusa de eficiencia.

MIT Sloan descubrió que eliminar un solo día de reuniones a la semana aumentaba la productividad percibida en un 73 % y reducía el estrés en casi un 45 %.
Pero seguimos reuniéndonos…
Porque parece más profesional que decir:
“Confío en ti, hazlo y me cuentas.”

Las reuniones no son el problema. La cultura que las sostiene, sí.

Esto no va contra reunirse.
Va contra la necesidad de reunirse para justificar que se está trabajando.

Si cada decisión necesita una reunión…
es que nadie está tomando decisiones.

Si cada acción necesita revisión…
es que nadie confía en lo que se hace.

Y si cada reunión necesita otra reunión de seguimiento…
entonces no tenemos procesos.
Solo acumulamos tiempo.

Hay otra manera. Pero cuesta.

Cuesta soltar la necesidad de supervisar.
Cuesta confiar en que el equipo entiende lo que tiene que hacer sin que se lo digan en directo.
Cuesta cambiar de verdad cómo operas, no solo reducir Zooms.

Pero es posible.
Existen culturas donde el trabajo se diseña para ejecutarse, no para reportarse.
Donde una weekly tiene propósito.
Donde si no hay decisión, no hay meeting.
Y donde no se mide por cuántas veces dijiste algo, sino por lo que pasó después.

Conclusión

Una reunión puede ser útil.
Pero si no cambia nada, solo consume energía.
Y si la haces por sistema, te conviertes en parte de ese sistema que mata el tiempo de los demás sin que lo parezca.

Este post no va contra tu jefe.
Va contra ese reflejo automático que tenemos todos de decir:
“¿Lo comentamos en una call rápida?”

Porque si de verdad fuera rápida…
no estaríamos todos tan agotados.

Adrià García  –  CMO en Guerra
Verdad antes que narrativa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *